Carandiru

En la cárcel de Carandiru, en Sao Paulo viven hacinados siete mil prisioneros. El médico que los atiende y trata de prevenir los problemas y las enfermedades causados por la drogadicción y la promiscuidad sexual, se convierte en cierta forma en su oyente. A él le cuentan sus historias y las razones que los llevaron a la prisión, sus alegrías y sus decepciones.



Los diferentes relatos centrados en asesinos, traficantes, violadores y demás criminales, alcanzan su punto climático en la masacre ocurrida en octubre de 1992, cuando una pelea entre reclusos degeneró en un violento levantamiento en el que más de un centenar de ellos murió a manos de la policía. Diez años después, la cárcel de Carandiru, la mayor del continente sudamericano, fue demolida.

La película más reciente del cineasta brasileño Héctor Babenco (nacido en Mar del Plata, Argentina, en 1946) es consecuencia lógica de su obra anterior, fundamentalmente de sus primeros trabajos. Y las objeciones que se le pueden hacer a su nuevo filme son las mismas que en su momento se hicieron a Lucio Flávio, el escuadrón de la muerte o Pixote: director de oficio y hábil narrador, en un sentido hollywoodense del término, tiene la capacidad de convertir la miseria y la marginación en espectáculo. Para algunos críticos, sobre todo brasileños, esta característica resulta una virtud, en la medida en que le permite acceder a un amplio público. La incursión de Ciudad de dios de Fernando Meirelles en el Oscar reciente no es más que otra cara del mismo fenómeno, quizás más ligado al mercado que a la expresión cinematográfica.



Basada en un libro de Dráuzio Varella (quien fuera médico en Carandiru durante doce años), donde se narran sus experiencias y las historias, ficticias, o por lo menos reelaboradas, de los reclusos, Carandiru es una película muy complaciente. En primer lugar, por su estructura, conformada por una larga serie de flashbacks que casi siempre se inician con una pregunta del doctor: "¿Y usted, cómo llegó aquí?" En segundo lugar, por su mirada finalmente poco crítica de la institución carcelaria, que aunque no parece el mejor lugar para unas vacaciones, tampoco se muestra especialmente sórdido ni violento. A pesar de que detrás de la película hay hechos reales, la prisión de Babenco deriva de manera más directa de otras cárceles cinematográficas, en las que la violencia y la sordidez están sabiamente dosificadas para atraer al espectador sin molestarlo demasiado.

La cantidad de historias impide que el espectador se compenetre realmente con ninguna. El único personaje protagónico, si se quiere, es el doctor, y es un personaje neutro, impasible e inmutable. Y por lo mismo, totalmente anodino. Más complejos e interesantes, los reclusos no escapan sin embargo a los estereotipos (en muchos casos caricaturescos) del género y todos, prácticamente sin excepción, tienen una explicación y una justificación para sus crímenes. Desde su punto de vista, se consideran inocentes y ni el doctor ni la película toman partido sobre este punto.



Si Carandiru ha conseguido una gran repercusión, se debe fundamentalmente a sus valores de producción, al gran presupuesto que se invirtió en ella, a la presencia de la filial cinematográfica de TV Globo, de la Sony y de la Columbia, que sin duda tienen su peso, a la cantidad de extras. Es decir, al lado espectáculo. Un espectáculo apoyado en un reparto en general muy solvente, en el trabajo de uno de los mayores fotógrafos brasileños, Walter Carvalho, y también en el oficio del director. Un oficio rutinario, si se quiere, pero capaz de conseguir que una película del tercer mundo parezca del primero. Eso no es novedad. Babenco había logrado lo mismo con Pixote, especie de versión for export de Los olvidados que le abrió por un rato las puertas de Hollywood, con ayuda de Manuel Puig y El beso de la mujer araña. No tuvo especial fortuna ni con Tallo de hierro ni con Al final del paraíso, y después enfrentó serios problemas de salud (un cáncer linfático que requirió de un trasplante de médula) que lo tuvieron alejado del cine por unos cuantos años. Como dato anecdótico, su médico de cabecera durante ese tiempo fue el doctor Dráuzio Varella, autor de Estaçao Carandiru.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1244, 03/11/2004)



CARANDIRU (CARANDIRU) Brasil, 2003 / Dirección: Héctor Babenco / Guión: Héctor Babenco, Fernando Bonassi y Victor Navas, sobre Estaçao Carandiru de Dráuzio Varella / Fotografía: Walter Carvalho / Dirección artística: Clovis Bueno / Música: André Abujamra / Sonido: Romeu Quinto / Edición: Mauro Alice / Producción: Héctor Babenco y Óscar Kramer, HB Filmes-Globo Filmes-Sony Pictures-Columbia Pictures / Distribución: Columbia Pictures / Intérpretes: Luiz Carlos Vasconcelos (médico), Milton Gonçalves (Seo Chico), Ivan de Almeida (Ebony), Ailto Graça (Majestade), María Luisa Mendoça (Dalva), Aida Leiner (Rosirene), Rodrigo Santoro (Lady Di), Gero Camilo (Sem Chance), Lázaro Ramos (Ezequiel), Caio Blat (Deusdete) / Duración: 146 minutos.