Tuvalu

Un viejo barco de vapor sufre una avería en las proximidades del puerto, cerca del cual se encuentra una antigua y deteriorada alberca pública, que tuvo sus épocas de esplendor y hoy se encuentra en ruinas, sostenida por el tesón y los engaños de Anton, hijo del propietario ciego Karl, con la ayuda de la amable cajera y un grupo de mendigos.



Pero los clientes ya no llegan. Y los pocos que aún visitan en lugar son tan decrépitos con el edificio. La aparición en la alberca de Eva, hija del capitán del barco descompuesto, sacude la existencia de Anton y reaviva su deseo de abandonar su encierro. La ambición desmedida de su hermano Gregori, decidido a demoler la alberca para levantar un edificio moderno, termina por liberar a Anton y le permite lanzarse junto con Eva a descubrir el mundo, representado por Tuvalu, isla mítica que promete tesoros y aventuras.

La aparición del cine hablado, a finales de los años veinte, acabó de un solo golpe con lo que era un lenguaje universal, apoyado fundamentalmente en la imagen. Entre los múltiples problemas provocados por la llegada del sonido, hubo uno que nunca encontró una solución satisfactoria: la necesidad de una traducción aceptable para la palabra hablada. Subtítulos y doblaje lo consiguieron sólo en parte, pero ambos sistemas trajeron aparejados nuevos problemas, sobre todo el segundo.



Así cuando el cineasta debutante Veit Helmer (Hannover, RFA, 1968) se plantea luego de varios cortos exitosos realizar un largometraje casi sin palabras, Tuvalu, no hace más que seguir el camino marcado originalmente por Charles Chaplin en Luces de la ciudad y Tiempos modernos, camino que luego recorrieron varios otros cineastas, desde Jacques Tati (Mi tío, Las vacaciones del señor Hulot) o Jan Svankmajer (Los conspiradores del placer), hasta Paul Leduc en México (Barroco, Dollar Mambo). Por lo tanto, el sistema no es novedoso, aunque la propuesta resulta atractiva por lo que significa de rechazo a una concepción del cine actual que se apoya casi exclusivamente en la palabra.

Este aspecto y una muy elaborada puesta en escena que amalgama imágenes en blanco y negro con otras artificialmente coloreadas, locaciones de gran belleza y una imaginería fantástica próxima a la desarrollada por Jeunet y Caro en Delicatessen, han hecho de Tuvalu una de las películas alemanas más premiadas y mejor consideradas de hace algunos años (ya tiene casi cinco), tanto por el público como por la crítica, y han convertido a Veit Helmer es uno de los jóvenes talentos del cine actual. Habrá que esperar hacia donde se dirige su carrera, pero por lo pronto el dictamen parece exagerado.



En el terreno formal, es indudable que Tuvalu tiene virtudes, comenzando por la elección de la locación principal, la bellísima alberca localizada en Sofía, luego de una búsqueda por buena parte de Europa. Igualmente hermosa es la compleja máquina de vapor que mantiene en funcionamiento la alberca, la Imperial, que el viejo Karl maneja guiándose exclusivamente por el sonido. Y la fotografía del búlgaro Christov consigue crear la atmósfera onírica-surrealista adecuada para el relato. El reparto, conformado por actores de procedencias muy diversas (ventajas de no tener que conciliar lenguas ni acentos) cumple muy bien con su cometido, sobre todo en lo que tiene que ver con sus características físicas. En cambio, de la impresión de que todo este virtuoso despliegue no tiene la suficientes sustancia.

Porque si bien un debut que no apuesta por la moda y los lugares comunes, las convenciones hollywoodenses y los efectos especiales, resulta en principio saludable, esto solo no es sinónimo de calidad. Y la película de Veit peca de excéntrica y artificiosa, sus imágenes mágicas y poéticas generalmente resultan pesadas (se añora la ligereza de un Tati o de los cineastas checos) e incluso la sencilla anécdota de a ratos se vuelve confusa y reiterativa. El humor funciona en los gags menos elaborados, pero en otras ocasiones resulta excesivo y carente del timing necesario. La superficie de Tuvalu es muy vistosa, quizás demasiado, como tratando de ocultar que toda la elaboración es bastante gratuita y no conduce más que al deslumbramiento.

Aunque no hay que descartar la posibilidad de una lectura alegórica, en la que la alberca ruinosa no es otra que la Europa actual enfrentada a cambios radicales y sus curiosos y singulares habitantes una muestra de la diversidad cultural integrada en una película que aspira a romper fronteras y alcanzar la universalidad.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1188, 02/13/2003)



TUVALU (TUVALU) RFA, 1999 / Realización: Veit Helmer / Guión: Michaela Beck y Veit Helmer / Fotografía: Emil Christov / Dirección artística: Alexander Manasse / Música: Jürgen Knieper / Sonido: Jörg Theil / Edición: Araksi Mouhibian / Producción: Veit Helmer Filmproduktion / Distribución en México: Nu Visión / Intérpretes: Denis Lavant (Anton), Chulpan Hamatova (Eva), Philippe Clay (Karl), Terrence Gillespie (Gregori), E. J. Callahan (inspector), Djoko Rosic (Gustav), Catalina Murgea (Martha), Todor Georgiev (policía) / Duración: 101 minutos.