La inglesa y el duque

Cuatro años en la historia de la Revolución Francesa, desde los festejos del primer aniversario de la Toma de la Bastilla, en julio de 1790, hasta la caída de Robespierre, en 1794, vistos desde la óptica de Grace Elliott, una inteligente aristócrata de origen escocés.



Amante en Inglaterra del Príncipe de Gales, el futuro Jorge IV, y en Francia del Duque de Orleáns, padre que quien sería el rey Luis Felipe I, la guapa extranjera fue un lúcido testigo de esos difíciles años, cuando no vaciló en comprometerse y arriesgar su vida para proteger a un prófugo del Comité de Salud. Mientras a su alrededor caían las cabezas de la monarquía y de muchos revolucionarios sospechosos de traición, Grace Elliott sobrevivió al terror y murió recién en 1823, luego de haber escrito las memorias Diario de mi vida durante la Revolución Francesa.

A los 81 años de edad, Eric Rohmer se mantiene en la primera línea del cine francés, una posición sólo disputada por otros colegas también añejos, como Jean-Luc Godard (1930), Claude Chabrol (1930), Alain Resnais (1922) o Jacques Rivette (1928). Rohmer, que a lo largo de toda su carrera ha mantenido una independencia envidiable, ha dedicado casi la totalidad de su obra a tratar temas contemporáneos. Las escasas excepciones las constituyen La Marquesa de O (1976), Perceval el galo (1978) y ahora La inglesa y el duque. Si filmó la primera en escenarios reales y la segunda en estudio, esta vez sorprende por su utilización verdaderamente magistral de la tecnología digital.



La sorpresa no nace de la sofisticación de los efectos (para eso están Lucas y Spielberg), sino al contrario, de su sencillez. Todos los exteriores se desarrollan frente a telones que reconstruyen el hoy inexistente París de la época y remiten a la pintura de la segunda mitad del siglo XVIII. La sensación es extraña: a la vez artificial, ingenua y documental. Ese París virtual por el que se mueven famosos personajes históricos adquiere una extraña autenticidad, fundamentalmente conceptual. Y algo similar sucede con el lenguaje, con los vestuarios y con los limitados interiores, integrados todos en una iconografía de la Revolución Francesa que de manera voluntaria evita las tentaciones del superespectáculo.

Casi la totalidad de los hechos narrados ocurre fuera de campo; lo que la cámara de Rohmer registra son sus consecuencias sobre la protagonista. Por lo tanto, la versión de la historia es obligatoriamente subjetiva y parcial, lo que en Francia ha llevado a algunos a acusar a Rohmer de antirrevolucionario y monárquico. Sin embargo, lo que hace el director es ser fiel a un punto de vista, el de una aristócrata británica que vive en carne propia el terror, que está sentimentalmente ligada a la monarquía y que no puede menos que decepcionarse ante las posturas revolucionarias de su examante. Sufre y se conmueve al ver la cabeza de la princesa de Lamballe exhibida como trofeo de guerra, se arriesga por Champcenetz, viste luto por el rey caído y se horroriza ante los excesos.



Durante poco más de dos horas, Rohmer sostiene un relato enormemente atractivo y entretenido, a pesar de que como todas sus películas se apoya sobre todo en la palabra. Eso no impide que resulte emocionante e incluso, por momentos, tenga suspenso. Los cuatro años narrados en La inglesa y el duque fueron fundamentales, no sólo para la historia de Francia, sino para el futuro del mundo. La gran habilidad de Rohmer radica en esa jugada maestra que le permite ponerse en el papel de los perdedores y, desde allí, ejercitar su mirada crítica a través de los ojos de un protagonista excepcional: mujer, extranjera, sensible, inteligente, valiente, reflexiva y superviviente. Su testimonio, de primera mano, echa luz sobre el pasado y permite revisarlo, obviamente, a partir de la crisis ideológica de la actualidad.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1158, 07/18/2002)



LA INGLESA Y EL DUQUE (L'ANGLAISE ET LE DUC) Francia, 2001 / Realización: Eric Rohmer / Guión: Eric Rohmer, sobre las memorias de Grace Elliott / Fotografía: Diane Baratier / Dirección artística: Antoine Fontaine / Música: canciones tradicionales / Sonido: Pascal Ribier / Edición: Mary Stephan / Producción: Françoise Etchegaray, France 3 Cinema-KC Medien-Pathé Distribution-Canal Plus / Distribución en México: Dirección de Actividades Cinematográficas de la UNAM / Intérpretes: Lucy Russell (Grace Elliott), Jean-Claude Dreyfus (Duque de Orleáns), Alain Libolt (Duque de Biron), Charlotte Véry (Pulcherie), Rosette (Fanchette), Léonard Cobian (Champcenetz), François Marthouret (Dumouriez), Caroline Morin (Nanon), Héléna Dubiel (Madame Meyler), Laurent Le Doyen (oficial) / Duración: 130 minutos.