De la calle

Rufino es un muchacho de quince años que vive de realizar pequeños trabajos en el mercado, desde descargar carne hasta entregar droga. Decide quedarse con el dinero de corrupto judicial y narcotraficante Ochoa para huir a Veracruz con la joven Xóchitl y su pequeño hijo.



Al mismo tiempo, por el teporocho Félix descubre que su padre podría no estar muerto, y antes de partir se dedica a buscarlo siguiendo pistas muy poco precisas. Mientras tanto, Ochoa trata de encontrarlo presionando a los otros niños de la calle, en particular a Cero, el mejor amigo de Rufino. Obsesionado con la idea de ver a su padre, que lo abandonó apenas nacido, el muchacho va postergando su salida y complicando cada vez más su posibilidad de huir.

De la calle, opera prima del poblano Gerardo Tort (1958), es uno de los trabajos más interesantes del reciente cine mexicano. Buena parte del mérito es sin duda del original de Jesús González Dávila, cuya puesta en escena por Julio Castillo en 1988 se convirtió en un acontecimiento teatral. Otro texto del dramaturgo dio lugar recientemente a Crónica de un desayuno de Benjamín Cann, y más allá de las abismales diferencias entre ambas adaptaciones, existen características comunes que tienen que ver con la forma directa en que la obra golpea al espectador y lo sacude, con la atmósfera cargada y densa y con la ausencia total de concesiones. Estas características son aún más notables a la vista de los éxitos del cine nacional, en general frívolos, ligeros y falsamente escandalosos.



Pero aunque es cierto que el original de González Dávila resulta fundamental para el buen resultado de la empresa, quizás lo que más sorprende sea el rigor de la puesta en escena, que consigue integrar de una manera coherente e inspirada los diferentes elementos (guión, actuaciones, música, sonido), algo inusual en la obra de un debutante (que sin embargo tiene el oficio de quince años de trabajo en la regularmente alienante publicidad).

Lo que hace de De la calle una película excepcional es su sentido cinematográfico: la procedencia teatral se pierde en los fantásticos escenarios de la ciudad de México; la música y el sonido armonizan para crear un clima casi siempre opresivo, evitando los lugares comunes de la musicalización cinematográfica (los golpes de efecto o las canciones que estorban la narración); la fotografía pasa sin ruptura aparente de exteriores diurnos perfectamente reconocibles a dantescos paisajes nocturnos, pintados con duras pinceladas, con texturas que duelen; ningún actor desentona, a pesar de la difícil mezcla de jóvenes y niños de la calle con profesionales, algunos de poca experiencia y otros con muchas tablas; y finalmente, una mirada consciente de qué mostrar y hasta dónde mostrar, sin engolosinarse nunca con la sordidez del relato, dominada por el pudor y el respeto.



No es posible referirse a De la calle sin la mención obligada a Los olvidados (1950) de Luis Buñuel, película clave que marca la pauta de todas las miradas sobre la juventud marginada y desprotegida, de Salaam Bombay de Mira Nair a Pixote de Héctor Babenco y de Gamín de Ciro Durán a La vendedora de rosas de Víctor Gaviria. Los niños de la calle que eran una realidad en el México de 1950, siguen siendo una realidad, quizás aun más lacerante en el México del nuevo milenio. Gerardo Tort la planta ante el espectador con una dureza que excluye el melodrama y la compasión. Se permite en cambio una estilización que no disminuye la fuerza testimonial del filme y que lo dota de algo que también está presente en las películas de Buñuel y Gaviria: un aura poética, la poesía del dolor y del infierno.

En esta reelaboración cinematográfica, artística, poética, de la realidad está el enorme valor de De la calle, premiada en el pasado Festival de San Sebastián y antes en la Muestra de Cine Mexicano de Guadalajara.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1121, 11/01/2001)



DE LA CALLE (México, 2001) / Realización: Gerardo Tort / Guión: Marina Stavenhagen, sobre la obra teatral de Jesús González Dávila / Fotografía: Héctor Ortega / Dirección artística: Ana Solares / Música: Diego Herrera / Sonido: Carlos Aguilar y Diego Herrera / Edición: Juan Carlos Solórzano, Carlos Hagerman y Gerardo Tort / Producción: Lillian Haugen y Héctor Ortega, Tiempo y Tono Films-Imcine-Foprocine-Zimat / Distribución en México: Nu Visión-Videocine / Intérpretes: Rufino (Luis Fernando Peña), Maya Zapata (Xóchitl), Armando Hernández (Cero), Mario Zaragoza (Ochoa), Alfonso Figueroa (Globero), Abel Woolrich (Félix), Cristina Michaus (Seño), Vanessa Bauche (Amparo), Luis Felipe Tovar (Chicharra), Jorge Zárate (Lencho) / Duración: 85 minutos.