Botín de guerra

Los horrores del pasado reciente resultan difícilmente olvidables. Por lo menos, de poco sirve intentar desaparecerlos mediante leyes y decretos, porque la memoria se resiste al borrón y cuenta nueva. Para quienes soportaron la brutalidad de las dictaduras sudamericanas, que en muchos sentidos poco tienen que envidiarle a los crímenes nazis, el olvido y el perdón no tienen lugar.



La justicia parece la única posibilidad civilizada de arreglar cuentas con ese negro pasado, mucho más próximo y amenazante de lo que se quisiera. Tener a Pinochet en el banquillo de los acusados, primero en Londres y ahora en Chile, a Cavallo encarcelado en México con el temor de ser extraditado a España y al juez Garzón persiguiendo a torturadores y genocidas por todo el planeta es una muestra de que algo está cambiando. Aunque tampoco hay razones para ser muy optimistas.

En el marco de estos hechos que suelen ocupar las primeras planas de los periódicos, resulta muy oportuna la exhibición de Botín de guerra, segundo largometraje realizado por el cineasta argentino David Blaustein, que justamente se propone echar luz sobre uno de los aspectos de la barbarie: el robo de niños pequeños o recién nacidos, apartados de su familia (muchas veces asesinada) para ser entregados a militares o policías. Según el informe Sábato, la cantidad de niños robados ascendía a 172; según las Abuelas de Plaza de Mayo, que llevan veinte años tratando de localizar a sus nietos desaparecidos, esa cantidad podría incluso llegar a duplicarse, considerando la cifra de mujeres embarazadas en el momento de su detención.



Sobre el asunto ya se ha escrito mucho. No está de más, de todas formas, recordar el criminal mecanismo que convirtió a muchos bebés en botín de guerra, como muy bien lo expresa la película, considerando que los autores de los secuestros hicieron uso de uno de los más salvajes derechos de la guerra, el que autoriza al vencedor a apoderarse de las pertenencias y las propiedades del vencido: en este caso de sus hijos. El sistema, brutal y de una crueldad extrema, implica algo incluso peor que la muerte, porque más allá del hecho de eliminar violentamente a los enemigos (lanzándolos vivos desde un avión o enterrándolos en un tonel de cemento), está la intención de apoderarse de sus descendientes.

Antes de Botín de guerra, Blaustein, que estuvo exiliado en México y estudió en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), realizó otro documental sobre un tema del pasado cercano, Cazadores de utopías (1994), centrado en entrevistas con peronistas de izquierda vinculados a la guerrilla, que veinte años después reflexionan sobre los sueños de entonces. En Botín de guerra, el punto de partida fue la historia de las Abuelas de Plaza de Mayo, luego de dos décadas de lucha. Fundamentalmente, con la idea de convertir al documental en una herramienta que ayudara a las abuelas en su búsqueda.



Pero la película trasciende ese objetivo inicial para transformarse en un relato de la historia argentina de los tiempos recientes. Desde la muerte de Juan Domingo Perón en julio de 1974 y la inmediata aparición de la siniestra AAA, hasta las detenciones de Videla, Massera y otros altos militares, el documental realiza un pormenorizado recuento de lo sucedido en los últimos 25 años, narrado con una notable claridad, capaz de interesar y emocionar incluso a un espectador no familiarizado con el asunto.

Una gran virtud del filme de Blaustein es haber eliminado esa molesta presencia de un narrador omnipresente y omnipotente que casi siempre explica lo que las imágenes no pueden explicar. Aquí en cambio, el discurso nace de una investigación seria y minuciosa y de una gran cantidad de entrevistas, muy bien editadas y organizadas. Por supuesto que la ausencia de un locutor no significa que no exista una toma de partido, al contrario: el tema elegido por Blaustein no permite quedarse al margen y hay un compromiso preciso con esas abuelas que buscan a sus nietos para tratar de restituirles su historia y su identidad perdidas.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1083, 02/08/2001)



BOTIN DE GUERRA (Argentina-España, 1999) Realización: David Blaustein / Guión: Irene Ickowicz y David Blaustein, sobre una investigación de Paula Romero Levit / Fotografía: Marcelo Iaccarino / Música: Jorge Drexler / Sonido: Carlos Faruolo y Daniel Mosquera / Edición: Juan Carlos Macías / Producción: David Blaustein, Gerardo Herrero y Mariela Besuievsky, Zafra Difusión-Tornasol Films-Televisión Española-Fundación Jan Vruman-Ibermedia / Distribución en México: Latina / Documental / Duración: 112 minutos.