Crónica de un desayuno

Retrato de una familia de clase media de la colonia Narvarte, una familia integrada por el padre, la madre y sus tres hijos. El padre ha regresado después de una larga ausencia y ya ha recuperado la abúlica rutina del hogar. La sacrificada madre intenta utilizar el cotidiano ritual del desayuno para impedir el desmembramiento de la institución familiar, al mismo tiempo que sueña con un mundo mejor.



Blanca, la hija no está dispuesta a tolerar el regreso del hombre de la casa y decide largarse, así sin desayunar siquiera. El hijo mayor, Marcos, aferrado a su pequeño universo representado en un sofá rojo, manifiesta su poder en el reclamo obsesivo de un par de calcetines blancos. El pequeño Teo, testigo no indiferente de los hechos que lo rodean no consigue que nadie le preste la menor atención, mientras se va cargando con la tensión y la violencia reinante en ese pequeño departamento de la calle Luz Saviñón.

El prestigio del director Benjamín Cann se sostiene en sus trabajos televisivos, teatrales y operísticos. En cine en cambio, su carrera ha sido hasta ahora bastante accidentada. Tuvieron que pasar casi dos décadas para que un filme suyo accediera a la exhibición en buenas condiciones. Su opera prima, Yo no lo sé de cierto, lo supongo (1982), fue realizada y exhibida de forma totalmente marginal, aunque en su momento gozó de cierto reconocimiento. Más cercana en el recuerdo, De muerte natural (1984-1994) fue la consecuencia lógica de la obra anterior; sin embargo, las dificultades de producción la llevaron a nacer diez años tarde, tiempo que tanto en términos formales como temáticos dio como resultado una película vieja y anacrónica, que se sostiene sólo conociendo y aceptando ese curioso desfasaje.



Pero en esos dos trabajos anteriores ya estaban, en algún sentido apenas esbozados, los recursos característicos de su tercer largometraje, Crónica de un desayuno, película que en cambio ha gozado de un lanzamiento privilegiado: premio al mejor director en la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara, programación en la Muestra Internacional de Cine y, lo que es mucho más importante, un estreno en medio centenar de salas, insólito para una cinta que no sólo no es complaciente con el espectador sino que además resulta muy irritante. Su provocadora propuesta no admite las medias tintas: se acepta o se rechaza, pero nadie puede permanecer indiferente ante estas dos horas de agresiones sistemáticas. En un momento en que la tónica es un cine ligero, fácilmente digerible, que no moleste ni incomode, Crónica de un desayuno sorprende por su osadía. Mérito importante que sin embargo no es el único.

Cineasta de sólida formación teatral, Benjamín Cann realiza una película que está muy alejada del teatro. El asunto puede llamar a equívocos, porque se suele considerar teatral a un cine muy hablado, apoyado fundamentalmente en el trabajo de los actores y filmado en un espacio cerrado. Sin embargo, ni eso define al teatro, ni es posible ignorar el papel que juega la cámara en Crónica de un desayuno. En la película de Cann, lo teatral se manifiesta en la solidez de la obra que le sirve de punto de partida, en el rigor de su estructura dramática, en el difícil tono elegido y mantenido a lo largo de dos horas.



Farsa melodramática sobre una típica familia mexicana, que sufre con acompañamiento de bolero (como la Julia de Así es la vida) y se desintegra entre las paredes de un pequeño departamento, Crónica de un desayuno se presenta justamente como una despiadada disección de una de las instituciones fundamentales de la sociedad. Institución castrante, asfixiante, destructiva, de la que, sin embargo, es muy difícil liberarse. Los estallidos de violencia, los gritos, los exabruptos y los llantos del desayuno no son más que otra imagen de la frustración que impide a sus miembros moverse, salirse del nido para algo que no sea cumplir con la diaria rutina: ir a trabajar, comprar el pan, etcétera.

Quizás excesiva, al punto que se comprende al espectador que no la resiste y abandona la sala, Crónica de un desayuno es un ejemplo importante de un cine mexicano realizado al margen de las modas y las reglas del mercado. Con el apoyo fundamental de Jesús González Dávila y Sergio Schmucler en la historia y el guión y de un grupo de actores excepcionales, Benjamín Cann consigue algo que no es fácil encontrar en el cine mexicano actual (con sus muy conocidas excepciones): una concepción de puesta en escena que da sentido, que unifica y que permite que la historia despegue.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1072, 11/23/2000)



CRONICA DE UN DESAYUNO (México, 2000) Realización: Benjamín Cann / Guión: Sergio Schmucler, sobre un argumento de Jesús González Dávila, basado en su obra de teatro / Fotografía: Serguei Saldívar Tanaka / Dirección artística: Bernardo Trujillo / Música: Jacobo Lieberman / Sonido: Antonio Diego / Edición: Carlos Bolado, Celina Moreno y Benjamín Cann / Producción: Bruno Bichir, Imcine-Escarabajo-Tabasco Films-Argos-Titán / Distribución en México: Columbia Pictures / Intérpretes: María Rojo (Luz María), Bruno Bichir (Marcos), Fabiana Perzábal (Blanca), Miguel Santana (Teo), José Alonso (el padre), Héctor Bonilla (el vecino), Arcelia Ramírez (la vecina), Odiseo Bichir (Roberto), Eduardo Palomo (el travesti), Angélica Aragón (la vecina de las palomas) / Duración: 120 minutos.