El fenómeno Amores perros

Más que el éxito de taquilla, considerable pero apoyado en la mayor campaña publicitaria realizada hasta ahora para lanzar una película nacional, lo sorprendente es la repercusión que Amores perros ha tenido en el extranjero. A tal grado, que quizás no sea nada exagerado considerarla como la película del año. De Cannes a Tokio, de Chicago a Bogotá, de Edimburgo a Valdivia, la opera prima de Alejandro González Iñárritu ha competido y ganado premios en muchos festivales internacionales.



Y ahora, acaba de ser seleccionada para competir por México en la 73 entrega de los Oscares. Quizás no gane, pero sin duda era la mejor elección: ha llamado la atención lo suficiente como para no ser una desconocida y, además, tiene detrás una poderosa empresa que puede sufragar sin problemas los gastos que significa una posible nominación al Oscar.

Con su primera película y en unos pocos meses, González Iñárritu ha conseguido más de lo que muchos logran a lo largo de toda una carrera. Eso lo pone en una situación difícil. El éxito llegó de una forma totalmente inesperada y ahora, enfrentarse a su segundo largo se vuelve un reto decisivo, que implica no dejarse encandilar por la fama y sopesar virtudes y limitaciones de esta opera prima cuya estructura se nutre fundamentalmente de Tarantino y Kieslowski (más del primero, por supuesto), dos influencias bastante bien asimiladas, sobre todo en el primer episodio, Octavio y Susana, el más logrado de los tres, el que de hecho sustenta toda la obra y el que propone el título y tiene a los perros como figuras principales.



Trabajar en la televisión, en la realización de comerciales y videoclips, le ha dado a González Iñárritu un indiscutible oficio, que al aplicarse al cine consigue disimular su origen. Amores perros no es, ni por asomo, la típica película del joven que viene de la publicidad y repite los tics visuales característicos de ese medio. El largo muestra una intensidad inusual y una mirada de cineasta, quizás no tan original como se ha querido ver, pero sí muy efectiva. Esa efectividad explica que el director pueda atrapar la atención del espectador durante dos horas y media, en un filme que puede ser disparejo, pero que nunca aburre. La habilidad de González Iñárritu se deja ver también en su concepción de la puesta en escena, en la movilidad de la cámara de Rodrigo Prieto, en el timing de la edición, en el buen trabajo de la mayoría de los actores todos elementos bien conjugados para crear esta obra que ha deslumbrado a muchos, en muchas partes del mundo.

En lo que respecta a la estructura de Amores perros, la fórmula Kieslowski demuestra su utilidad, pero tiene sus problemas, principalmente porque el segundo relato, Daniel y Valeria es insostenible, no sólo porque prácticamente no guarda ninguna relación con el resto, sino porque además resulta muy tonto e inverosímil (lo primero que uno se pregunta, es por qué no llamaron a un carpintero). De hecho, da la impresión de que se podría haber eliminado sin demasiadas dificultades, porque al final, afortunadamente, la película vuelve a levantar con el episodio de El Chivo y Maru, que en términos melodramáticos da un final contundente a las historias de Guillermo Arriaga y resta importancia a algunas incongruencias de la trama.



Las operas primas suelen ser excesivas, y Amores perros también lo es. Demasiado larga, sin necesidad (lo dicho del segundo episodio), es también excesivamente artificiosa, sin querer reconocerse como tal; entonces, el artificio se vuelve trampa y manipulación. La inclusión de varias canciones innecesarias provoca baches en la narración y no agrega nada más que la posibilidad de editar el soundtrack. Por momentos es exageradamente tremendista, como cuando presenta a la madre alcohólica de Susana en una escena totalmente superflua o cuando muestra las heridas de cada uno de los perros de El Chivo. Y finalmente, es moralista en exceso, algo que incluso deja mal sabor de boca; todos los personajes son castigados por adúlteros: Octavio por querer escapar con la esposa de su hermano, Ramiro por engañar a Susana con una cajera de supermercado, Valeria por haber destruido la familia de Andrés, etcétera. Es El Chivo quien parece tomar conciencia de las culpas de todos y, gracias al perro, consigue ajustar cuentas con el pasado y cambiar de vida.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1070, 11/09/2000)



AMORES PERROS (México, 2000) Realización: Alejandro González Iñárritu / Guión: Guillermo Arriaga / Fotografía: Rodrigo Prieto / Dirección artística: Brigitte Broch / Música: Gustavo Santaolla; canciones varias / Sonido: Martín Hernández / Edición: Luis Carballar, Alejandro González Iñárritu y Fernando Pérez Unda / Producción: Alejandro González Iñárritu; Altavista-Zeta Films / Distribución en México: Nu Visión / Intérpretes: Emilio Echevarría (El Chivo), Gael García Bernal (Octavio), Goya Toledo (Valeria), Alvaro Guerrero (Daniel), Vanessa Bauche (Susana), Jorge Salinas (Luis Miranda Solares), Laura Almela (Julieta), Adriana Barraza (mamá de Octavio y Ramiro), Marco Pérez (Ramiro), Gustavo Sánchez Parra (Jarocho) / Duración: 150 minutos.