Goya

En 1828, poco tiempo antes de su muerte, un Goya muy anciano y bastante enfermo, relata su pasado a Rosario, su hija adolescente.



Desde su exilio de Burdeos, donde vive atendido por Rosario y por Leocadia, la última de sus amantes, a quien dobla en edad, el pintor recuerda su llegada a la corte del rey Carlos III, su fama y su reconocimiento durante el reinado de Carlos IV, su simpatía por el pensamiento liberal llegado de Francia, que finalmente le costaría el destierro, y, sobre todo, su relación apasionada con la Duquesa de Alba, su único gran amor y modelo de varias de sus pinturas más célebres, quien muriera envenenada víctima de las intrigas cortesanas.

El Goya de Carlos Saura fue, sin duda, una de las mayores decepciones del cine español del año pasado y, al mismo tiempo, uno de los tropiezos más notables en la carrera de su director, figura destacada del cine español de los últimos cuarenta años. En principio, la torpeza de esta biografía sorprende, sobre todo por el hecho de estar firmada por el mismo creador de La prima Angélica (1974) y Bodas de sangre (1981). Sin embargo, el fracaso resulta menos sorprendente al recordar que Saura también realizó en el pasado otras biografías igualmente desafortunadas: la de Antonieta Rivas Mercado (Antonieta, 1982) y la de San Juan de la Cruz (La noche oscura, 1989). Dándole la razón el dicho que afirma que no hay dos sin tres, la recreación de la vida de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) se suma a esta colección de estampas elementales, que no consiguen más que rozar la superficie de las figuras biografiadas.



Desde luego, la empresa está avalada por los grandes nombres (Vittorio Storaro, Francisco Rabal, el propio Saura) y los valores de producción, pero resulta muy discutible si toda la belleza de la puesta en escena consigue, por lo menos en algún momento, un equivalente cinematográfico de las imágenes del pintor, o se queda solamente en la copia cuidada, pero copia al fin. La propuesta es arriesgada: Saura intenta una evocación del pesadillesco mundo de Goya y reconstruye en estudio todo su universo. Incluso, los personajes de sus pinturas se animan (Los fusilamientos de 3 de mayo, por ejemplo), para convertirse en caricaturas, carente de toda intensidad.

En su película número treinta, Carlos Saura no logra evitar uno de las mayores dificultades que plantea el cine biográfico: cómo hacer para que los grandes hombres se comporten en la cotidianidad sin tener conciencia de la trascendencia de cada uno de sus gestos y palabras. El Goya de Rabal y sobre todo el más joven de Coronado, actúan para la posteridad, seguros de que pasarán a la Historia, de que cada una de sus frases merece ser esculpida en mármol. Eso hace que los personajes sean tiesos, acartonados y solemnes, y carezcan de vida interior; se comportan como próceres, seguros de que serán reconocidos por el espectador (mira ¡la Duquesa de Alba!, ah, Moratín, etcétera).



Un letrero final recuerda que Goya es considerado como el primer pintor de la era moderna. El texto resulta necesario: el espectador que no conozca a Goya, jamás podría llegar a esa conclusión después de ver la película. Y al mismo tiempo, demuestra el fracaso de la empresa, cuando un cartel intenta resumir lo que no se pudo decir en los cien minutos anteriores. La sensación que resta es de inutilidad, de desperdicio, de decepción. A pesar del virtuosismo de la puesta en escena, de los tableaux vivants, de las paredes transparentes, de los recursos teatrales, la película no enriquece la visión que de Goya tiene el espectador. Y lo que es peor, tampoco enriquece su percepción del cine.

Finalizada su época de las alegorías sobre la guerra civil y la España franquista (Ana y los lobos, 1973; La prima Angélica, 1974; Cría cuervos, 1976; etcétera), Saura ha realizado una obra ecléctica y dispareja. La integración música, danza y cine le ha permitido crear algunos filmes importantes, como Bodas de sangre (1981), Carmen (1983), incluso Sevillanas (1992) y Flamenco (1995), que dejó ver sus puntos débiles en Amor brujo (1986) y Tango (1998). Del resto, hay mucho olvidable y prescindible (El Dorado, 1988; ¡Ay, Carmela!, 1990; ¡Dispara!, 1993). Desde luego que a este grupo pertenecen, por demérito propio, tanto Goya como las otras dos biografías fílmicas citadas.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1064, 09/28/2000)



GOYA (GOYA) España-Italia, 1999 / Realización: Carlos Saura / Guión: Carlos Saura / Fotografía: Vittorio Storaro / Dirección artística: Pierre-Louis Thévenet / Música: Roque Baños / Sonido: Carlos Faruelo / Edición: Julia Juaniz / Producción: Andrés Vicente Gómez y Fulvio Lucisano, Lolafilms-Italian International Films-Rai-Televisión Española-Vía Digital / Distribución en México: Artecinema de México / Intérpretes: Francisco Rabal (Goya), José Coronado (Goya joven), Daphne Fernández (Rosario), Maribel Verdú (Duquesa de Alba), Eulalia Ramón (Leocadia), Joaquín Climent (Moratín), Cristina Espinosa (Pepita Tudo), José María Pou (Godoy), Saturnino García (cura / San Antonio), Carlos Hipólito (Juan Valdés) / Duración: 106 minutos.