Rito terminal

El fotógrafo Mateo documenta el desarrollo de una fiesta religiosa, en Oaxaca. A su regreso a México, descubre que el trabajo, un encargo europeo, no ha quedado bien y que, además, ha perdido su sombra.



A la vez desconcertado, aterrado y obsesionado por el hecho, vuelve a la provincia para tratar de encontrarla. Pero antes de conseguirla, Mateo debe realizar un recorrido iniciático, en el que se vincula con una poderosa chamana, su hija y su nieta, y en el que descubre también la existencia de un mundo desconocido, ajeno, que responde a otra lógica y a otras reglas.

Rito terminal, primer largometraje de Oscar Urrutia Lazo (México, D.F., 1964) resultó una empresa exitosa. Producida por el Centro Universitario de Estudios Cinematográficas, que inicia así un proyecto de operas primas similar al que ha dado muy buenos resultado al Centro de Capacitación Cinematográfica, la película permitió que un grupo egresados y maestros de la escuela debutara en el largo (entre ellos, Ciro Cabello en la fotografía, José Navarro en la música y Lorenza Manrique en la dirección artística). En la pasada Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara ganó el premio de la crítica nacional y luego estuvo nominada para catorce premios Ariel, entre ellos varios de los principales.

Estos reconocimientos son importantes, sin duda, para una obra que no tuvo los apoyos económicos de otras películas mexicanas recientes, ni en la producción ni (lo que es más grave) en su lanzamiento. Por supuesto que ocho copias son más que suficientes para una cinta compleja y nada complaciente, pero hubiera merecido algo más de publicidad para que su estreno llamara la atención.



Rito terminal aborda el mundo indígena, y lo hace cuidando especialmente de no embellecerlo, de no convertirlo en un artículo de consumo turístico. Por eso, la pintura de esos festejos y rituales oaxaqueños tiene una textura casi documental, etnográfica, y su atractivo nace menos de su superficie espectacular que de su profunda magia. Mateo (y con él los espectadores) descubre cosas que su raciocinio no puede explicar, fenómenos incomprensibles desde su mirada y aparentemente ajenos a toda lógica. Y que sin embargo, están ahí; coexisten con la modernidad, representada por ese departamento citadino con el que contrastan radicalmente, y muy en especial desde el punto de vista plástico.

El mundo ordenado de Mateo es un espacio seguro y cerrado, pero también vacío. Despojado de esa protección, se siente completamente indefenso. Sin embargo, lo que en un principio podría parecer un universo amenazante y aterrador (la costumbre del cine de géneros), revela una riqueza mucho mayor: lo pone en contacto con fuerzas naturales (¿o sobrenaturales?) que al mismo tiempo que lo cuestionan y lo inquietan, le insuflan nueva vida. El viaje del fotógrafo en pos de su sombra, como recorrido iniciático que es, le permite renacer como un hombre nuevo, con un espíritu cargado por un conocimiento ancestral mucho más sólido que su formación clasemediera.

Búsqueda de una identidad más estable, sincretismo religioso, rastreo en el pasado de las pistas del futuro, son temas que interesan a Urrutia y están planteados en la película, aunque no siempre su resolución es afortunada. Sobre todo, porque este grupo de debutantes, enfrentados a una obra ambiciosa que intenta reflexionar sobre asuntos fundamentales de la existencia, no puede ocultar su inexperiencia. Si bien en general la postura de Urrutia como guionista y director es clara, en lo particular no siempre controló su material, que por momentos pierde forma y se confunde. Algo similar pasa con los actores y especialmente con el protagonista, Guillermo Larrea cuyo personaje, quizás por tratar de evitar una intensidad artificial, carece de consistencia.



Entre las virtudes de Rito terminal (el rigor de su aproximación al mundo indígena, el registro desglamourizado de sus rituales, la radical oposición entre dos actitudes vitales y su representación visual) destaca también el trabajo musical de José Navarro, más bien una concepción sonora que incluye ruidos y efectos y crea una atmósfera mágica e inquietante. Con una sola objeción: la ausencia de silencios, que hubieran permitido apreciar y disfrutar aun más los sonidos.

Los grandes éxitos de taquilla son importantes para el cine mexicano, indudablemente. Y lo son, sobre todo, en la medida en que permiten que películas como Rito terminal o Del olvido al no me acuerdo se beneficien de los resultados de los títulos más comerciales, lleguen a las salas y arrastren para su molino algo del agua que se encuentra circulando.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1060, 08/31/2000)



RITO TERMINAL (México, 1999) Realización: Oscar Urrutia Lazo / Guión: Oscar Urrutia Lazo / Fotografía: Ciro Cabello / Dirección artística: Lorenza Manrique / Música: José Navarro / Sonido: Gustavo Patiño y Jaime Baksht / Edición: Manuel Rodríguez / Producción: Mitl Valdez y Walter Navas, CUEC-UNAM-Imcine-Foprocine / Distribución en México: Imcine / Intérpretes: Guillermo Larrea (Mateo), Soledad Ruiz (doña Gloria), Angeles Cruz (Guadalupe/Celia), Rafael Velasco (Emiliano), Guillermo Ríos (Joaquín), Antonio Monroi (Moro), Fabiana Perzábal (Mariana), Ignacio Guadalupe (Mestizo), Javier Zaragoza (Manuel), Fernando Becerril (sacerdote) / Duración: 110 minutos.