La carta

Catherine, hija de Madame de Chartres, se casa con Monsieur de Clèves, hombre al que respeta, pero no ama. El amor llegará encarnado en un músico de rock, el portugués Pedro Abrunhosa. Sin embargo, Catherine se mantiene fiel a su marido, se niega y escapa a la posibilidad de otra relación. Pero no puede mentirle a Monsieur de Clèves; se siente obligada a confesarle todo, a dejar en claro sus sentimientos. El conocimiento de esa pasión platónica tiene en su marido efectos devastadores: enferma de pena y muere.



De todas maneras, las cosas no cambian para Catherine; la desaparición primero de su madre y luego de su esposo, no modifica su actitud ante Abrunhosa. No eran ellos quienes impedían la relación, sino sus propios valores éticos, que finalmente la empujan a huir, a refugiarse en el Africa junto a un grupo de misioneras.

El filme más reciente del veteranísimo cineasta portugués Manoel de Oliveira es, en principio, una película extraña. Adapta la novela La Princesse de Clèves, de Madame de La Fayette, al París actual, pero se mantiene fiel a la esencia del texto original, lo que provoca un singular anacronismo. Ese mismo anacronismo se manifiesta en la ubicación temporal de la historia. Es claro que transcurre en los años noventa y muchas imágenes lo confirman: el tránsito y el movimiento de la ciudad, los conciertos de rock, la televisión... Pero de todas maneras, hay otros momentos difíciles de ubicar con precisión: los trajes, el comportamiento de los personajes, su forma de hablar, remiten a un pasado más o menos lejano.



En La carta, la propuesta formal del director es bastante diferente a las de El convento o Viaje al principio del mundo, y mucho más próxima a la de El valle de Abraham. En ambos casos, De Oliveira se apropia de clásicos de la literatura francesa, en uno de manera directa; en otro, a través de la novela de Agustina Bessa-Luis, una reelaboración de Madame Bovary. Esa aproximación a la literatura lo lleva a tomar algunas decisiones radicales. Más que en otras de sus películas, los personajes se comportan casi como marionetas, sobre todo por el distanciamiento que produce la puesta en escena.

No hay actuación, ni psicología; más que interpretar a sus personajes, los actores dicen un texto y desarrollan una coreografía casi minimalista, rigurosamente montada para la cámara. De Oliveira rechaza voluntariamente el campo-contracampo, prácticamente todo está rodado en largos planos fijos, distantes. Y una gran cantidad de intertítulos, al estilo del cine mudo, resumen gran parte de la acción que no vemos, hablan de viajes, de idas y venidas. Como en El valle de Abraham, la sensación es incómoda, pero fascinante. Hay algo mágico y misterioso en la manera de contar del cineasta portugués, en su particular forma de utilizar la música, en sus propuestas extremas. Sin embargo, también provoca rechazo (es notable ver la cantidad de espectadores de abandonan la sala de la Cineteca Nacional, ahuyentados por un cine al que se les hace muy difícil acceder).



Asombra lo que puede conseguir De Oliveira, quien cuando filmó La carta ya pasaba de los noventa años. A esa edad, a la que ningún otro cineasta ha llegado activo, es dueño de una madurez, una sensibilidad y una inteligencia asombrosas. Basta ver la resolución de la confesión de Madame a Monsieur de Clèves en el parque de Luxemburgo, con Abrunhosa oyendo la conversación desde el otro lado. De repente, la dura y terrible escena, es interrumpida por la aparición de un intruso, un inmigrante que solicita un poco de dinero para regresar a su tierra. O la muerte de François de Guise, atropellado por un automóvil fuera de cuadro, en uno de esos planos característicos del mejor cine del maestro portugués.

La seriedad con que De Oliveira adapta la novela de Madame de La Fayette y el rigor de su tratamiento, no impiden que se manifiesten su ironía y su humor. Hay muchos ejemplos, pero quizás el más destacable sea la conversión del Duque de Nemours en el rockero portugués Pedro Abrunhosa, quien se interpreta a sí mismo y provoca un choque violento con sus lentes negros y sus coloridos zapatos.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1056, 08/03/2000)



LA CARTA (LA LETTRE / A CARTA) Francia-Portugal-España, 1999 / Realización: Manoel de Oliveira / Guión: Manoel de Oliveira y Jacques Parsi, sobre la novela La Princesse de Clèves de Madame de La Fayette / Fotografía: Emmanuel Machuel / Dirección artística: Ana Vaz da Silva / Música: Pedro Abrunhosa / Sonido: Jean-Paul Mugel / Edición: Valérie Loiseleux / Producción: Paulo Branco, Gémini Films-Mandragoa Filmes-Wanda Filmes / Distribución en México: Nueva Era / Intérpretes: Chiara Mastroianni (Madame de Clèves), Pedro Abrunhosa (Pedro Abrunhosa), Antoine Chappey (Monsieur de Clèves), Leonor Silveira (la monja), Françoise Fabian (Madame de Chartres), Maria Joao Pires (Maria Joao Pires), Anny Romand (Madame da Silva), Stanislas Merhar (François de Guise), Luis Miguel Cintra (Monsieur da Silva), Ricardo Trepa (intruso) / Duración: 108 minutos.