Pasión

Cuando su marido es detenido por los esbirros de un dictador africano, Shandurai huye de su país y se instala en Roma, donde trabaja como sirvienta mientras realiza estudios de medicina. Su patrón, Jason Kinski, un excéntrico pianista de origen británico, que pasa buena parte del tiempo dedicado a su instrumento, aunque no lo toca en público, se siente profundamente atraído por la guapa negra.



Pero la mujer se mantiene distante y frena todos los acercamientos de su empleador. Este, obsesionado, un día le declara su amor y le ofrece darle lo que ella quiera. Después de echarle en cara su desconocimiento de Africa, Shadurai le pide la liberación de su marido Winston.

Bernardo Bertolucci (Parma, 1941) fue uno de los grandes cineastas italianos de los años sesenta y setenta. Hijo de un destacado poeta e inmerso desde muy joven en el medio intelectual, debutó a los veinte años con La cosecha estéril (1962), a la que siguieron Antes de la revolución (1964), Partner (1968), La estrategia de la araña (1970), El conformista (1970) y El último tango en París (1972), entre otros títulos de la época. Durante los noventa, su cine perdió buena parte de su atractivo, embarcado en superproducciones internacionales que no consiguieron repetir el éxito de El último emperador (1986), como Refugio para el amor (1990) o El pequeño Buda (1993). Su regreso a Italia con Belleza robada (1996) y ahora Pasión, sirven para confirmar que el director sigue manejando con gran habilidad el oficio cinematográfico, pero su mundo personal se ha diluido y ha perdido casi toda la intensidad que lo caracterizaba.



Pasión (horrible título que repite el de infinidad de películas anteriores) no puede menos que verse desde dos aspectos contradictorios. Por un lado, hay todo un contexto político, que juega un papel importante como motor del conflicto y que está planteado en términos absolutamente esquemáticos y, a estas alturas, inadmisibles. La visión del África y los africanos presentada por Bertolucci es una caricatura grotesca que repite todos los lugares comunes del tercer mundo observado desde la metrópoli colonialista. Y para peor, acepta la convención de un país africano en el que se habla inglés y se escribe en inglés (algo que incluso empañaba las múltiples virtudes de El último emperador).

Resulta poco creíble que esta africana culta, guapa, elegante, tenga que llegar a Roma a trabajar como empleada doméstica, al mismo tiempo que obtiene las máximas calificaciones en sus exámenes de medicina, disertando por supuesto sobre la epidemia de Ebola. Pero dejando de lado todos estos reparos (y algunos más), hay en Pasión una historia de sentimientos que tiene sus buenos momentos. Un pianista enloquecido de amor, capaz de invertir toda su fortuna e hasta sacrificar su vocación para demostrarlo, tomando partido por una causa, que ni es la suya ni le interesa, más que en la medida que representa a la mujer que ama. Y ella, fría y distante al principio, no puede finalmente menos que rendirse ante los hechos que su amor ha desencadenado y aceptar que la pasión del señor Kinski sacude sus convicciones. El desenlace es digno de la maestría de Bertolucci.



En realidad, más allá de la calidad de sus películas, Bertolucci siempre ha sido un virtuoso, lamentablemente cada vez más preocupado por la forma y el artificio. En Pasión, sorprende su habilidad para contar la historia prácticamente sin diálogos, para construir una narración elíptica que omite buena parte de la información no fundamental (incluido todo lo que tiene que ver con el viaje a Europa), centrándose casi exclusivamente en la relación entre el señor Kinski y Shandurai y en la constante presencia de África, para recordar en cada momento el choque entre dos mundos.

Igualmente violento es el choque entre la vulgar pintura del entorno africano y la elegancia y el buen gusto con que Bertolucci presenta lo que sucede en la casona romana. Con una notable sutileza, con una claridad visual que casi no necesita de palabras y gracias a dos intérpretes entre los que se da la chispa, el cineasta consigue salvar lo que al inicio lucía insoportable. Los últimos momentos de Pasión, en cambio, son un ejemplo de gran cine, de un oficio y una sensibilidad que en tiempos pasados el director supo poner al servicio de una visión del mundo mucho más interesante y menos maniquea.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1054, 07/20/2000)



PASION (BESIEGE /L'ASSEDIO) Realización: Bernardo Bertolucci / Guión: James Lasdun, Bernardo Bertolucci y Clare Peploe / Fotografía: Fabio Cianchetti / Dirección artística: Gianni Silvestri / Música: Alessio Vlad / Sonido: Maurizio Angentieri / Edición: Jacopo Quadri / Producción: Massimo Cortesi, Fiction Productions-BBC-Mediaset-Navert Film; Italia-Gran Bretaña, 1998 / Distribución en México: Artecinema / Intérpretes: Thandie Newton (Shandurai), David Thewlis (Jason Kinsky), Claudio Santamaria (Agostino), John C. Ojwang, Massimo de Rossi, Cyril Nri, Paul Osul, Veronica Lazar, Gian Franco Mazzoni, Maria Mazetti di Pietralata / Duración: 92 minutos.