El gigante de hierro

En Rockwell, Maine, en 1958, un niño que vive solo con su mamá y desea con una mascota, encuentra al amigo más impresionante que jamás pudo soñar. Una noche, mientras su madre todavía está trabajando, la interrupción de la película que transmite la televisión lo lleva a descubrir a un gigantesco robot, de más de treinta metros de altura, que se revela como una amistosa criatura.



Sin embargo, las autoridades lo ven como una amenaza extraterrestre que debe ser destruida a cualquier precio. Eso piensa sobre todo, Ken Mansley, el torvo agente del gobierno enviado para investigar los sucesos de Rockwell.

El gigante de hierro, primer largometraje de Brad Bird, es sin dudas uno de los estrenos más interesantes de lo que va del año. Que además sea una película de animación dedicada fundamentalmente al público infantil y esté teniendo un gran éxito de público (ya lleva una buena cantidad de semanas en cartelera), confirma que la relación entre calidad y taquilla es un fenómeno muy complejo, difícil de convertir en receta. Más aun cuando este filme, producido por la Warner Bros., no tiene canciones pegajosas, ni juguetes u objetos animados. El único ser fantástico es, justamente, el robot gigante que da título a la película.



De hecho, la historia se parece mucho a la de las cintas fantásticas de la época en que está ambientada: finales de los años cincuenta, en plena guerra fría y después de que los soviéticos toman la delantera en la carrera espacial, poniendo en órbita al Sputnik (su imagen es una de las primeras de la película). Este hecho vuelve mucho más amenazante el peligro rojo, comunista o marciano da lo mismo, y lleva al gobierno de Estados Unidos a ver una peligro a la seguridad del país en todo lo extranjero. Ese temor se manifestaría en una serie de películas fantásticas pobladas de pintorescos extraterrestres que hacían aún mayor la paranoia de la población.

Hogarth Hughes, el niño protagonista de El gigante de hierro, es un fanático de estas historias de horror y ciencia ficción, y aprovecha la ausencia de su madre para desvelarse frente a la televisión. Por eso, quizás, no le sorprende tanto encontrarse con un robot gigante de procedencia desconocida y convertirlo en su amigo, luego de que -como en la fábula del león y el ratón- lo ayuda a liberarse de los cables de alta tensión en los que ha quedado atrapado. Desde ese momento, robot y niño se vuelven casi inseparables, aunque ocultar al gigante pueda resultar problemático.

La existencia del robot, trae a Rockwell a un agente de Washington, de esos que no sólo creen que todo lo extraño es por principio enemigo, sino que además conoce la importancia política del miedo. Es en este sentido que Ken Mansley representa los valores opuestos a Hogarth: los prejuicios, la intolerancia, la discriminación, el belicismo... En cambio, el niño tendrá como aliado a Dean McCoppin, dueño del depósito de chatarra del lugar y un artista rebelde e incomprendido.



Salvo el robot, de extraordinario diseño, tanto en su versión amable como cuando se transforma -en una de las escenas más espectaculares de la película- en una incontenible máquina de guerra, todas las demás criaturas son, en términos de animación, bastante convencionales. Eso evita que la historia quede relegada a un segundo plano ante el despliegue de técnica y efectos. Al contrario, muy bien estructurada, la anécdota de El gigante de hierro resulta atractiva a varios niveles y propone una moraleja que, ante la actitud tradicionalmente guerrera de Estados Unidos, no deja de ser subversiva.

Este hecho sorprende menos si se conocen los antecedentes de Brad Bird. Antes de debutar como director con El gigante de hierro, trabajó en varias series animadas para la televisión, de esas que suelen ver la sociedad gringa de una manera crítica, irónica y generalmente muy ácida: Los Simpsons, El crítico, Los reyes de la colina. Entre las muchas virtudes de la película, es un gran acierto que nunca se preocupe por explicar la procedencia del robot, ni las razones de su llegada a la Tierra. Ahí está, y su presencia sirve como pretexto para poner al descubierto la actitud irracional de un país cuya fortaleza depende fundamentalmente de la posibilidad de una amenaza externa, de la existencia de enemigos reales o ficticios. A lo largo de la historia, el robot gigante ha tenido muchos nombres y muchas caras. El gigante de hierro consigue explicar esto de una manera sencilla, didáctica y además vistosa y divertida. Para que los niños lo vayan sabiendo.

(Publicado originalmente en el semanario Tiempo Libre 1059, 06/22/2000)



EL GIGANTE DE HIERRO (THE IRON GIANT) Estados Unidos, 1999 / Realización: Brad Bird / Guión: Brad Bird y Tim McCanlies, sobre el relato de Ted Hughes / Fotografía: Steven Wilzbach / Dirección artística: Mark Whiting / Dirección de animación: Tom Fucile / Música: Michael Kamen / Sonido: Randy Thom / Edición: Darren T. Holmes / Producción: Allison Abbate, Warner Bros. Animation / Distribución en México: Videocine / Duración: 86 minutos.